The Weeknd: ¿cómo son los conciertos del artista más popular del mundo?



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El canadiense, la estrella de la música global más escuchada en plataformas digitales, debuta en Madrid con la misión de estar a la altura de sus millonarias cifras


Un momento del concierto del artista estadounidense The Weeknd este martes en el Metropolitano.
Un momento del concierto del artista estadounidense The Weeknd este martes en el Metropolitano.EFE

¿Cómo son los conciertos del artista más popular del mundo? ¿Están a la altura de sus despampanantes cifras? The Weeknd es el músico más escuchado en plataformas digitales, número uno en Spotify con más de 106 millones de oyentes mensuales. ¿De qué forma puede trasladar alguien esa grandiosidad casi divina a lo terrenal, al choque físico de un bolo? Con esa misión arrancó el canadiense de 33 años la noche del martes su actuación en el Estadio Civitas Metropolitano de Madrid, con casi todo vendido, en la que es su primera gira en España fuera de festivales, y su debut en Madrid, que tendrá una segunda parada en Barcelona este jueves en el Estadi Olímpic Lluís Companys.

Decíamos grandiosidad casi divina, y la idea sirve para describir al personaje, quien irrumpió hace más de una década con una mezcla de r&b moderno, sexy y sofisticado aupado por su ambición cegadora. Ya entonces, él quería ser pop por encima de todo, llegar a audiencias masivas y ser el centro de espectáculos más-grandes-que-la vida. Y eso nos lleva hasta Madrid, esta noche, en el estadio del Atleti. Desde el arranque nos traslada no a un concierto, sino al universo que ha surgido de su mente: una ciudad de rascacielos y torres imponentes se desparrama por el escenario, dominándolo todo, camuflando a la banda, que se confunde entre los edificios metalizados como un reflejo anacrónico.

The Weeknd simboliza el signo de su tiempo. Poco importa lo que sucede a nivel instrumental, la pericia técnica. A la banda, apenas se la ve. Lo esencial es el concepto, la performance -ese anglicismo tan difícil de traducir con precisión-, lo que hay alrededor. En este caso, más de 20 bailarines disfrazados de arriba abajo con túnicas, que bien podrían ser partidarios de una secta a lo ‘Handmaid’s tale’ pero en tonos blancos. Trazan sus coreografías a lo largo del inmenso pasillo que atraviesa a las masas de fans. Allí, en el centro, se erige una figura de superhéroe robótico que mira hacia el cielo, intimidante, con los brazos abiertos hacia atrás. Y al final del pasillo una luna que cambia de color, una metáfora de los estados de ánimo del concierto.

En el centro de todo está él. Las pantallas gigantes prácticamente sólo le enfocarán a él durante todo el espectáculo. Hay, cómo no, trucos nuevos, que siguen la lógica del capitalismo: más, siempre más. Los chorros de fuego, tremendos, escupen calor que te golpea en la cara. Los juegos de luces son los de una discoteca para más de 50.000 personas, quienes bailan al son que marca una pulsera de plástico que recibieron con la entrada y cambia de color -un truco que ya introdujo Coldplay hace años, el de hacerte sentir parte de lo que sucede, ser uno más-, a juego con la luna y con las luces que dispara el escenario, atravesando a los músicos.

El concepto de la discoteca es importante. Con esta gira The Weeknd se resarce de la frustración de sacar su disco más bailable y fiestero, ‘After Hours’, en 2020, con la pandemia. Esas canciones y las del más reciente ‘Dawn FM’, de 2022, dominan el repertorio, que alcanza sin embargo su primer pico con uno de los singles antiguos, ‘The Hills’, de 2015. Sucede lo mismo con ‘Starboy’, del álbum homónimo de 2016, un tema grabado originalmente con Daft Punk que contagia esa sensación de pista de baile masiva, reivindicación del hedonismo que siempre ha acompañado a una figura esquiva y polémica -tremebundas las críticas negativas de su serie ‘The Idol’, para HBO-, último icono millennial del nihilismo sexy.

Son más de 30 canciones en un par de horas, donde el mayor problema es que The Weeknd, un artista que se gusta mucho a sí mismo, acaba también él camuflado por las proporciones megalomaníacas del show, con el público jugando al ‘¿Dónde está Wally?’ para ubicarle entre todo ese follón, cuyo repertorio resume su carrera -temas memorables como el baladón ‘The Morning’, éxitos de karaoke como ‘Blinding Lights’, algún subidón discotequero y otros muchos correctos pero olvidadizos, que es lo peor que se puede decir del pop. ¿Veredicto? Es imposible contentar a esos millones de oyentes digitales cuando actúas en el mundo real.

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